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El falsificador que engañó a los nazis: la historia de Han van Meegeren

Óleo sobre tabla del siglo XVI con una Virgen Dolorosa de escuela española antigua

Han van Meegeren fue un pintor holandés que durante los años treinta y cuarenta vendió como Vermeer cuadros pintados por él mismo, y uno de ellos acabó en la colección de Hermann Göring. Detenido en 1945 por haber vendido al enemigo lo que se creía un tesoro nacional, se defendió confesando algo aparentemente peor: aquellos Vermeer eran suyos. Su caso sigue siendo el golpe más duro que ha recibido la autoridad del ojo experto.

Un pintor con cuentas pendientes

Van Meegeren (1889-1947) era un pintor técnicamente capaz y comercialmente discreto. Trabajaba en un registro figurativo y decorativo que la crítica de entreguerras consideraba anticuado. La vanguardia lo ignoró y él respondió con desprecio hacia los críticos que, según su versión, no sabían mirar.

De ese rencor nació el plan. No se trataba solo de ganar dinero. Se trataba de demostrar que los mismos expertos que lo despachaban eran incapaces de distinguir un Vermeer auténtico de uno recién salido de su estudio. Consiguió las dos cosas.

Por qué eligió a Vermeer

Johannes Vermeer es un pintor de catálogo corto: se le reconocen poco más de tres decenas de obras. Ese vacío es precisamente lo que lo hacía vulnerable. Cada tabla o lienzo nuevo que apareciera podía encajar en los huecos de una biografía mal documentada.

Van Meegeren explotó además una hipótesis erudita que circulaba entonces: la de una etapa juvenil de Vermeer de tema religioso e influencia italiana, anterior a los interiores domésticos que hoy conocemos. Si esa etapa existía, faltaban cuadros. Él los pintó. La lección es incómoda y sigue vigente: una falsificación eficaz no contradice a los expertos, les da la razón.

Cómo se fabricaba un Vermeer

La parte técnica es la que todavía se estudia en los laboratorios. Van Meegeren no improvisó: trabajó durante años el problema de cómo hacer que una pintura reciente superara los exámenes de la época.

  • Compraba cuadros del siglo XVII sin valor y raspaba la capa pictórica para reutilizar el lienzo original, con su tejido y su preparación antiguos.
  • Molía sus propios pigmentos y evitaba los colores modernos, cuya sola presencia delata la fecha.
  • Sustituyó el aceite por una resina sintética de tipo fenol-formaldehído como aglutinante, y horneaba el cuadro para endurecer la película pictórica.
  • Ese endurecimiento hacía que la pintura resistiera el test del disolvente, la prueba casera con la que entonces se comprobaba si una capa era reciente.
  • Enrollaba el lienzo para provocar una red de grietas y frotaba tinta en las fisuras para imitar la suciedad acumulada durante siglos.

El resultado no era un Vermeer. Visto hoy, ninguno de aquellos cuadros engaña a nadie: las caras son duras, el dibujo es rígido y el gusto delata los años treinta. Pero respondía a todas las preguntas que se sabían hacer en 1937.

La bendición del experto

La pieza decisiva fue una Cena de Emaús presentada en 1937. Abraham Bredius, la máxima autoridad europea en pintura holandesa, la avaló con entusiasmo como obra capital de Vermeer. El cuadro entró en un museo de Róterdam y se convirtió en orgullo nacional.

A partir de ahí el mecanismo se retroalimentó. Cada nuevo hallazgo se comparaba con el anterior y encajaba, porque los había pintado la misma mano. Una falsificación validada se convierte en el patrón con el que se juzgan las siguientes.

Göring, la guerra y la confesión

Durante la ocupación alemana de los Países Bajos, uno de aquellos falsos Vermeer llegó, a través de intermediarios, a Hermann Göring, coleccionista voraz y saqueador sistemático. La operación se pagó muy cara, en dinero y en obras.

Terminada la guerra, los aliados rastrearon el cuadro hasta Van Meegeren y lo detuvieron acusado de colaboracionismo y de expolio del patrimonio nacional. Para librarse de ese cargo, declaró que había pintado él la obra. Nadie le creyó. Bajo vigilancia, pintó otro falso Vermeer de tema religioso para demostrarlo.

Fue juzgado en 1947 por falsificación y fraude y condenado a una pena corta de prisión. Murió pocas semanas después, sin llegar a cumplirla. Buena parte de la opinión pública holandesa lo trató como a un pícaro nacional: el hombre que había estafado al mariscal del Reich con un cuadro pintado en su propio estudio.

Qué queda del caso en un peritaje actual

Van Meegeren cambió la forma de autentificar. Antes de él, la atribución era sobre todo un juicio de conocedor. Después, el laboratorio entró en la ecuación con todo el peso.

  • Los materiales fechan. Un pigmento o un aglutinante posterior a la fecha propuesta cierra el debate, por muy convincente que sea la pincelada.
  • El soporte antiguo no prueba nada. Reutilizar un lienzo o una tabla de época es la primera cosa que hace un buen falsificador.
  • Desconfía del hallazgo que confirma una teoría. El cuadro que llega justo para llenar un hueco conocido merece el doble de escrutinio.
  • El aval de una eminencia es una opinión, no un hecho verificado, y envejece igual que las demás.

En la práctica, esto se traduce en un método sencillo: cruzar siempre tres ejes independientes. El estilo, los materiales y la procedencia documental. Cuando los tres coinciden, la atribución es sólida. Cuando uno falla, hay que parar. Es el criterio que aplicamos al revisar cualquier pieza del catálogo antes de ponerle una fecha y un nombre.

La pintura antigua española plantea el mismo problema con otros protagonistas: obras de taller, réplicas devocionales y copias del XIX que circulan como originales. Una tabla del siglo XVI se juzga con los mismos tres ejes que un Vermeer.

Preguntas frecuentes

¿Cuántos cuadros falsificó Han van Meegeren?

No hay una cifra cerrada. Se le atribuyen varias obras vendidas como Vermeer y algunas más en el estilo de otros maestros holandeses del siglo XVII. Parte del catálogo sigue discutiéndose, porque tras su muerte aparecieron atribuciones dudosas y también imitaciones de sus propias falsificaciones.

¿Por qué engañaron sus falsificaciones si hoy parecen evidentes?

Porque respondían a las preguntas de su época. Soporte antiguo, pigmentos tradicionales, resistencia al disolvente y grietas verosímiles bastaban en los años treinta. Además encajaban con una hipótesis que los expertos deseaban confirmar. Nuestro ojo actual, en cambio, reconoce enseguida el gusto de los años treinta en aquellas caras.

¿Se podría repetir hoy un fraude así?

Con esa técnica, no: el análisis de pigmentos, la reflectografía y la datación de materiales lo detectarían. Pero el fraude se ha desplazado al papel. Hoy es más fácil falsificar una procedencia, una etiqueta o un certificado que engañar a un laboratorio. El eslabón débil ya no es el cuadro.

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