








“San Francisco en Éxtasis” | Italia, 1720
“San Francisco en Éxtasis” | Italia, 1720
Dimensiones con marco: 98 x 134 x 8 cm Técnica: Óleo sobre lienzo Estado: Bueno. Restauración conservadora y reentelado en el siglo XX.
Marco moderno dorado con signos de envejecimiento. La obra es de grandes dimensiones (84 x 119 cm en la vista). Fue realizada alrededor de 1720 y restaurada de forma conservadora en el siglo XX. El marco actual, tallado y dorado, no es coetáneo, aunque resalta la profundidad dramática de la composición. La pintura, en buen estado, muestra signos de envejecimiento que no alteran la fuerza expresiva del conjunto.
“San Francisco en Éxtasis” | Italia, 1720
"Llevaba en su cuerpo las marcas de Jesús" (Gálatas 6,17)
Esta pintura italiana de la primera mitad del siglo XVIII representa con fuerza emocional una de las visiones más conmovedoras de la espiritualidad franciscana: San Francisco en éxtasis ante la cruz. Pintada al óleo sobre lienzo, la escena capta el instante místico en el que el santo, aislado en una gruta, entra en un estado de comunión divina.
"Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo" (Salmo 42,3)
San Francisco aparece con los brazos cruzados sobre el pecho, en actitud de recogimiento interior. Su mirada, dirigida hacia la luz que irradia desde lo alto a la izquierda, revela una expresión de fervor y sobrecogimiento.
Esa fuente de luz invisible al espectador representa lo sobrenatural: no procede del cielo físico, sino de una presencia espiritual.
En la iconografía franciscana, esta luz simboliza el momento de la recepción de los estigmas, una experiencia mística que marcó el cuerpo del santo con las llagas de Cristo.
Aquí, el pintor no representa de forma literal las heridas, sino que sugiere el acontecimiento mediante la atmósfera de penumbra quebrada por una iluminación dorada, que toca levemente su rostro y el hábito grisáceo.
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo" (Mateo 16,24)
La posición de las manos, cruzadas sobre el pecho, recuerda tanto el gesto del "Ecce Homo” como el de la aceptación absoluta del sufrimiento. No se trata de un dolor físico, sino de una rendición total del alma.
La túnica, ceñida por el tradicional cordón de tres nudos franciscanos, indica los votos de pobreza, castidad y obediencia. El entorno oscuro y rocoso en el que se encuentra representa la cueva del monte Alvernia, donde tuvo lugar la visión. Y también el retiro interior del santo, alejado del mundo material.
"Tú estás conmigo: tu vara y tu cayado me infunden aliento" (Salmo 23,4)
En la esquina superior izquierda, la pintura abre una perspectiva que deja entrever un fondo: un paisaje crepuscular donde posiblemente se esboce una pequeña iglesia o convento. Esta ventana al exterior actúa como contrapeso simbólico a la interioridad del momento.
Es el mundo al que San Francisco ya no pertenece, pues su atención está enteramente dirigida al misterio divino. Las ramas secas que rodean la escena aluden a la Pasión, pero también al ciclo de la vida y la muerte, al desprendimiento de todo lo terrenal.
"No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí" (Gálatas 2,20)
El rostro del santo es uno de los puntos más logrados de la obra. La tensión de los músculos faciales, los ojos abiertos con intensidad y la boca entreabierta evocan el instante en que la palabra cesa y comienza lo inefable.
Esta mirada que se pierde en lo alto conecta al espectador con el corazón del barroco espiritual: la experiencia directa de lo sagrado, más allá de la doctrina, más allá de la imagen
"Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mateo 5,3)
El estilo pictórico se inscribe dentro del círculo boloñés de principios del siglo XVIII, con ecos del naturalismo tardo-caravaggesco y cierta influencia de Guercino en el tratamiento del claroscuro.
La pincelada es suelta pero controlada, particularmente en el rostro y las manos, donde se concentra la emoción. La escena no es grandilocuente, sino íntima, destinada a un oratorio privado o capilla devocional.
"Lo que hacéis, hacedlo de corazón, como para el Señor" (Colosenses 3,23)
Piezas como esta enriquecen una colección de arte sacro, y conectan con una tradición visual que sigue conmoviendo por su hondura teológica y emocional. Su fuerza reside en lo no dicho, en lo sugerido, que invita al silencio interior.
“El Altísimo mismo me reveló que debía vivir según el modo del santo Evangelio”, escribió Francisco
Esta pintura es el eco plástico de esa revelación, una meditación visual que invita al recogimiento, incluso hoy.
Judith y Holofernes | Óleo sobre Lienzo | Pintura Bíblica Italiana, 1720
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